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El médico argentino cuenta la verdad sobre el doping de Diego en el Mundial ’94

Roberto Peidró había desarrollado una extensa trayectoria como arquero en el fútbol de ascenso entre 1976 y 1985 (El Porvenir, Deportivo Morón y Deportivo Español), aunque en paralelo estudió y se recibió de médico cardiólogo.

Pero el destino le tenía reservado un pasaje hacia un instante tan importante como doloroso en la historia de nuestro fútbol y de la selección nacional.

Fue testigo privilegiado del día que Maradona dejó la cancha del Foxboro Stadium de Boston de la mano de Sue Carpenter, vestida de enfermera, para hacerse el control antidoping.

Peidró se había sumado a principios de 1994 al cuerpo médico de la Selección que comandaba Alfio Basile.

¿Cómo llegó Peidró al cuerpo médico de la Selección? “Al retirarme del fútbol fui a trabajar al Hospital de Clínicas, desde fines de 1985 hasta 1991. Allí fue cuando René Favaloro convocó a Domingo Suárez, mi profesor de cardiología, para formar parte de su fundación y él me llevó a allí”.

“Por eso, fui parte del electrocardiograma número 1 de la historia de la fundación, el 1 de junio de 1992, junto a un compañero de apellido Daso y el propio René. Un verdadero honor. Hice una gran relación con él, porque era muy futbolero e hincha fanático de Gimnasia y Esgrima La Plata”, rememora.

“Una vez me dijo: ‘Roberto: necesito pedirte un favor. ¿Vos podrías evaluar a los jugadores de Gimnasia y que no les cobren mucho?”. Lo miré y le respondí: “Me está cargando… Usted es el dueño y me pide a mí que le cobren poco a los jugadores (risas). Por favor, René, les hacemos todo”.

Y allí me dijo, con su estilo siempre respetuoso: “Muchas gracias. Yo no me quiero meter, para que nadie diga que uso algo de la fundación para el fútbol”. Un ejemplo”.

“Por aquella vinculación, es que llegó la Selección en 1993, con Basile y el “Panadero” Díaz de ayudante, a quien conocía de chico del barrio y fue el que le dijo al Coco que necesitaban un médico más y que me llevaran a mí, con una razón simple: “Éste es del palo, es del fútbol”.

“A comienzos del ’94, me sumé al grupo donde ya estaba Ernesto Ugalde como médico principal. Allí conocí a Maradona, que enseguida tuvo un gesto espectacular. Mi hijo Santiago, que tenía 11 años, era muy tímido y un día vino al predio de Ezeiza. Llegamos antes que los jugadores y nos ubicamos en el vestuario”, Recuerda.

“Cuando entró Diego me preguntó si ese era mi pibe y como se llamaba. Se acercó y se arrodilló: ‘Santiago, te pido por favor que me dejes firmarte y regalarte una camiseta’. Se le empezó a ir la timidez con una sonrisa porque no lo podía creer. La firmó, se la dio y hasta el día de hoy es un tesoro para él”, evoca el médico.

“Diego estaba espectacular en Boston. Una vez salimos a conocer el centro de la ciudad y él no podía creer que nadie, pero nadie, lo parara. Caminaba solo por primera vez en muchos años. Para la gente del lugar era uno más. Incluso entramos a un negocio para comprar un reloj y el que atendía le preguntó si era del soccer y de qué país. No sabía quién era Maradona… En la concentración, Diego iba por las mesas, tirando buena onda a todos. Incluso lo que se habló de la enfermera el día del doping con Nigeria es mentira. Él la tomó de la mano a ella y no al revés. Estaba tan feliz que fueron hasta donde estaba Claudia y él le decía: “Mirá con quien me voy”. Hacía chistes, estaba perfecto, al punto que cuando fuimos al antidoping, se encontró con el rival que lo había marcado y el tipo quería un autógrafo a toda costa y Diego le repetía: “Sos un perro, sos un perro. Guau, guau”. No tenía ni idea que podía dar positivo, porque no había tomado nada a conciencia. Se lo habían dado… Se le acabaron los aminoácidos que había llevado desde acá y compraron allá. Con la diferencia que en Estados Unidos tienen efedrina. Fue exactamente eso. Vi detalladamente el análisis. Por eso cuando dicen que había consumido un cóctel de efedrina, es una guachada. Nada que ver”.

En medio de la amargura, queda el detalle simpático de su diálogo con la ya famosa enfermera estadounidense Sue Carpenter: “Ella me contó que había estado en pareja con un argentino que era de Congreso y siempre me hablaba de allí. Me quedé con las ganas de conocer”. Riéndome le respondí que Congreso era un barrio y que justamente yo vivía ahí. Eran los minutos finales del partido y cuando terminó le dije: “Vení conmigo que vas a salir en todos los diarios del mundo al lado de Maradona. La foto de nosotros tres quedó para siempre”

Fueron horas febriles aquellas que transcurrieron entre el paraíso ante Nigeria y el infierno frente a Bulgaria y Roberto Peidró fue un hombre clave para la Selección: “Me llamó Grondona y me dijo: Dio positivo el control de Maradona. ’Fijate si podés hacer algo para salvarlo. Llamalo a Blatter y avísame’. No me pude comunicar (eran tiempos sin celulares) y entonces Julio me dijo que lo iba a contactar él. Al rato bajó de su habitación con otra cara: ’La FIFA lo quiere matar. Blatter ya me dejó en claro que no hay nada que hacer. Hay que despegarse de esto. Ahora te vas a ir a Los Ángeles para la contraprueba con el abogado de Maradona (Bolotnikoff), David Pintado (presidente de River) y Agricol de Bianchetti (abogado de AFA)’. Llegamos a la reunión con la gente de FIFA y aparece el frasco, que ya tenía un cartel que decía efedrina. Al ver eso, pedí anularlo, porque ningún control antidoping puede tener identificada ni la sustancia ni el nombre de a quién pertenece. Se estaba armando un lío grande y los de FIFA no sabían qué hacer”.

Peidró sigue relatando esas horas dramáticas: “El abogado de Diego pidió un cuarto intermedio de tres meses para decidir y mientras habilitar al jugador. Se decidió un descanso y allí Pintado se comunicó con Grondona para comentarle nuestro planteo, que aparentaba ser exitoso. Pero de a poco su cara se transformaba a medida que Julio le respondía. Cuando cortó me dijo: ’No hay nada que hacer. Tenemos que entrar, pedir que se abran los frascos y que la AFA desiste del cuarto intermedio’. Las tensiones se aliviaron, pero habíamos perdido. Todos me vinieron a felicitar por cómo había planteado nuestra postura. Al regresa al hotel fui con Bolotnikoff al cuarto de Maradona. Estaba destrozado, con los ojos rojos, inflamados de tanto llorar. Y él le dijo: ’Diego, el doctor se la jugó, les hizo un quilombo tremendo’. Entonces levantó la vista y me miró: ’¿En serio tordo? No me diga. Muchas gracias…’”

Nada quedaba de aquel plantel festivo y alegre. Las caras eran simples muecas, desdibujadas por el disgusto. “Cuando terminó el partido con Bulgaria se me acercó Stoichkov, que hablaba castellano por jugar en Barcelona, y me dijo: ’Contame de Diego. Estoy destruido por lo que pasó con él. Es tan buena gente… qué injusto que le pase esto’. Nos despedimos, dio dos pasos y volvió: ’Tomá, esto es para vos’, y me entregó su camiseta”.

Peidró sigue ligado a la medicina y al fútbol. Su agenda actual casi no le da respiro: “Estoy en la Universidad Favaloro, donde armamos el año pasado el Instituto de Ciencias del Deporte y ahí soy el director. Tratamos de abarcar lo más posible: cursos, investigación, etc.  Sigo, como hace 40 años, en Sala Salud, una entidad de bien público en Lanús, con muy buenos equipos de cardiología. También estoy en Futbolistas Argentinos Agremiados y con mi propio consultorio”.

El pasaje que el destino le reservó en secreto para el 25 de junio de 1994 es una marca en su vida. Peidró había logrado ese año unir sus dos grandes pasiones: la medicina y el fútbol, Favaloro y Maradona. Todo parecía perfecto hasta aquella tarde de Boston. Tan dolorosa como inolvidable.

 

FUENTE: Infobae


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