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Su padre la echó y con 11 años vive a la orilla del río junto a su madre

“Yo ayudé a construir la casa de donde la Justicia nos echó. La Justicia nos desalojó de allí a mí y a mi hija de solo nueve años entonces ¿Para qué? Para que conviertan ese lugar en un hotel alojamiento del personal de una empresa multinacional de gaseosas. Esa es la verdad, mientras ellos hacen fiestas, nosotras (madre e hija) vivimos a orillas del río Ancho en una pieza, sin baño, sin seguridad, abandonadas”, denunció Marta Milagro Ajaya (31) en la provincia de Salta.

La mujer relató  que durante dos años y medio recurrió a todas las instituciones y a todos los juzgados y defensorías. Compiló más de 300 denuncias y presentaciones en OVIF (Observatorio de Violencia Intrafamiliar) y las organizaciones de derechos de las mujeres, también de los niños y, por supuesto, a las defensorías, de la 1 a la 10.

A falta de respuestas trabajé en 3 casas de familia a la vez y con la ayuda de los 14 patrones que tuve en dos años y medio me hice de un terreno a la orilla del río Ancho y de una pieza sin baño ni ninguna comodidad, pero al menos dejé de peregrinar y de estar agregada de día en mi trabajo y de noche refugiada en casas ajenas.

Nuestro inodoro es hoy un tacho de pintura de 20 litros, que luego de usar volcamos su contenido al río. Así nos condenó la Justicia al desalojarnos de mi casa, hoy convertida en un hotel alojamiento de los amigos de mi expareja, que está de más decir que tampoco aporta un solo peso de alimentación”, graficó Milagros su situación actual.

La mujer, llorando no solo por la precariedad de su lugar en el mundo sino por la inseguridad de la zona, poblada de elementos de malvivir, aseguró que hizo todo para que le restituyan la casa de su hija, reconocida legalmente por su padre. “La Justicia me deniega ese derecho a través de la burocracia que cansa y mata, pero yo sigo insistiendo que la condena es sobre mi hija de 11 años”.

“Me obligaron a ir a un psicólogo, obviamente para que este cobre su sueldo, me hicieron hacer un curso de “crianza’ para darme la tenencia, cuando yo trabajaba en tres partes para alimentar y educar a mi hija. Yo les podría haber dado cátedras de “crianza’ a esos profesores, porque yo llevó a mi hija a la escuela, la dejo, voy a limpiar una casa, salgo la recojo y entro en otra, donde comemos, y más luego finalizo mi jornada en una oficina y casi de noche vuelvo a mi casa del río, a Dios rogando”.

“Seis o siete organizaciones de ladrones disfrazados de ayuda visité; se pasaban la pelota uno a otro. Hoy mi casa está a la venta y nadie hace nada, mientras yo sigo a la orilla del río con una niña casi adolescente suplicándole la restitución de un derecho que no perdimos, sino que nos deniegan”.

“No creo en esas mujeres que dicen que ayudan a mujeres, no creo en esa gente que cobra el sueldo con nuestro dolor, con las miserias de los que somos sus clientes”, denunció, para luego agregar: “En Salta no hay Justicia para los pobres”, sentenció.

Fuente: El Tribuno

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