Sociedad

La denuncia contra Alperovich y el valor de los libros de sobrevivientes de violaciones

La sobrina de José Alperovich denunció al ex gobernador de Tucumán por abuso. El está de licencia en el Senado y ella cuenta con custodia y protección. Los libros de sobrevivientes fueron fundamentales en su impulso para hacer pública su situación. Los relatos de Thelma Fardin, Belén López Peiró, Anahí Pérez Pavez y Virginia Ducler son claves en la narrativa para terminar con el silencio

“El arte de no callar” es el libro de Thelma Fardín, de Editorial Planeta, que leyó la denunciante de Alperovich y la animó a enfrentar la justicia a pesar del miedo.

-Siento que es impresionante la magnitud que tomó esta denuncia. Y así, directamente proporcional, es la magnitud que sentía en mi cuerpo cargándolo-, expresó la denunciante del ex gobernador de Tucumán y ahora Senador desbancado por licencia, Jorge Alperovich.

El 22 de noviembre se conoció la denuncia de la sobrina de Jorge Alperovich, de 29 años, en Tucumán y en Buenos Aires, por abusos sexuales que se habrían cometido entre fines del 2017 y mayo del 2019, en el departamento de él en Puerto Madero y en la provincia del norte. Ahora se aguarda conocer la carátula del expediente.

La causa avanza y la semana que viene ella podría venir a Buenos Aires a ratificar la denuncia en la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM), a cargo de Mariela Labozetta. O que la UFEM le mande un listado de preguntas para que ratifique la denuncia desde Tucumán.

El Instituto Nacional de las Mujeres (INAM) ofreció ayuda para garantizar que el proceso se lleve adelante sin obstáculos, ni represalias, a pesar de la asimetría de poder y de acceso a recursos técnicos, jurídicos y de entorpecimiento del acceso al derecho que existen entre un gobernador con mandato cumplido y una joven que decide cortar no solo con el abuso, sino con la impunidad que da lugar a la repetición de los atropellos que no frenan cuando la mujer dice “no”.

En la causa constan pericias y los efectos de la violencia que estaban a la vista de todos: pérdida de peso y caída del pelo. La prepotencia de poder del denunciado hace que se tengan que resguardar las pruebas de filtraciones o impedimentos non santos. Mientras que el fiscal Santiago Vismara dispuso que ella tenga custodia de la Policía Federal para garantizar su seguridad.

El primer gesto de falta de respeto de Alperovich fue revelar su identidad en las redes sociales (que no borró), cuando se encontraba de viaje en Miami, a pesar de que ella no quiere ser identificada públicamente. Ante los pedidos de desafuero y repudios en el Senado él pidió licencia.

Ella no quiere que se la conozca, que la prensa la acose, ni que su entorno corra riesgo o pueda ser señalado o presionado. Pero sí escribió una carta. Y escribir no es un hecho aislado, sino una herramienta para denunciar y, también, formar parte de una voz colectiva.

“Estoy segura de que ninguna persona que haya sufrido violencia sexual quisiera estar en este lugar, desnudando la intimidad más dolorosa de su vida. Pero nos obligan a encontrar en esta manera la posibilidad de ser escuchadas. Ya no nos callamos más, pero tampoco queremos hablar por lo bajo de lo que nos pasa, de lo que sentimos, de lo que nos hicieron y de cómo hacemos para volver a la vida después de que hechos tan traumáticos nos la cambiaron para siempre”, publicó en su carta la denunciante de Alperovich.

Ella leyó el libro “El arte de no callar, autobiografía entre el silencio y la impunidad”, de Thelma Fardín, de Editorial Planeta. Y leer no es una forma pasiva de mirar a las otras, ni esperar el reflejo de las demás o rezar en silencio mientras la mirada replica la historia personal en otras historias.

Leer es una forma potente de encontrar que la excepción es regla en una historia que hizo a las mujeres objetos del deseo de quienes tienen más poder y toman el cuerpo de las mujeres como un alimento inanimado para su ego.

-¿Por qué yo necesité hacer la denuncia con la contundencia con que la hice? Porque había que intentar romper algo que siempre pareció indestructible. Una muralla gigante para las víctimas, invisible para la sociedad. Invisible hasta ahora. Porque había que golpear y quebrar algo instalado, siniestro, dañino y naturalizado. Porque un día vi claramente los hilos que amenazaban a mujeres que fueron más valientes de lo que yo había sido hasta ese momento y cuyas confesiones y denuncias hacían eco en mí y despertaban recuerdos y sensaciones que nunca dejaban de acecharme. Entenderlo me sacudió y al mismo tiempo me encendió. Vi cómo nos querían callar. Vi cómo me mantuve callada. Escuché sobre las cartas documentos a las víctimas y algo en mí se rompió.

¿Cómo no indignarse viendo esa amenaza tácita para todas aquellas que aún no habíamos hablado?, pregunta Thelma, en el centro de la llaga del backlash (la reacción violenta frente al avance de las denuncias por violencia de género), o las querellas contra las que denuncian públicamente abusos sexuales que intentan amordazar el estallido de testimonios y señalamientos contra un delito que siempre fue silenciado, callado y mínimamente castigado.

El 3 de diciembre del 2018 Thelma Fardin denunció ante la justicia de Nicaragua a Juan Darthés. Él hoy tiene pedido de captura por violación agravada. Casi un año antes empezó el camino de la decisión de hablar. No lo hizo sola. Además de Actrices Argentinas Thelma leyó. Y no se trata solo de un libro, dos o tres. Se trata de que uno de los grandes logros del feminismo –y de la narrativa feminista argentina- que ganó el territorio de la palabra para quitar la mordaza, para despertar a otras, para mostrar que la soledad es mentira y que la violencia sexual tiene prácticas sistemáticas, para mostrarlo con ficción y realidades, con pluma y dolor, con deseo y sensaciones.

Desde “El abuso sexual en las mejores familias”, que publicó la psicóloga Irene Intebi, en 1998, hasta “Proteger, reparar, penalizar”, de la pionera Intebi, en 2011 la experiencia argentina tiene bibliografía para demostrar que no se trata de una eclosión sin fundamentos, sino de un despertar con una profunda raíz teórica y un valiente trabajo profesional de psicólogas que esquivaron la corrupción de muchos peritos comprados por abusadores con billetera liviana y estudios jurídicos pesados cubriendo sus espaldas.

También “Abuso sexual en la infancia”, de Paula Aparecida y Alicia Ganduglia, muestra el trabajo contra viento, marea, presiones y juicios económicos de las psicólogas comprometidas con las niños y niños. También “En carne viva, abuso sexual infanto juvenil”, de la psicóloga Susana Toporosi se develan las formas de encubrir los abusos.

“No escribo para convencer a nadie de nada. Estoy aquí contra la opresión del silencio y por la necesidad de recuperar mi vida, de sanar llamando a las cosas como son, sin suavizarlas ni teñirlas, poniéndole al monstruo nombre y apellido. Cuando no le ponés nombre, no existe”, remarcó la denunciante de Alperovich.

Y, en ese sentido, tanto la escritura como la denuncia no buscan solo la pena, sino sacar del destino de pena de muerte emocional a las que pasan de sentirse víctimas a sobrevivientes o incluso ninguna de las palabras habituadas a encasillar a quienes atraviesan el horror y no lo callan, sino que se reinventan en palabras nuevas.

Thelma leyó a Belén López Peiró y su libro “Por qué volvías cada verano”, de Editorial Madre Selva, con prólogo de la escritora (y tallerista que alentó a Belén, Gabriela Cabezón Cámara) un libro clave, guía, voces de voces de todo lo que le pasa a una denunciante y cómo los prejuicios caen como el cuerpo del verdugo contra su voz.

“¿Por qué te abrías de piernas?”, podría llamarse el título universal de la infamia que hace que las mujeres tengan que explicar que la cadena se llama miedo, trabajo, pan, armas, custodia, amigos fiscales, padres que piden callar, madres que corren peligro, hermanas que necesitan ayuda, compañeras que van a juzgar, novios que no quieren pasar vergüenza y así la historia acorrala.

“No puedo entender que todavía duden de tu palabra. ¿Cómo vas a inventar algo así? Si contar esto te denigra como mujer. ¿Cómo vas a ventilar tu intimidad por ahí? Sabiendo todo el quilombo que esto genera en tu familia y en el pueblo. Ni que hablar del rechazo de los hombres querida, nunca más van a mirarte como antes”, le dijeron a Belén cuando denunció que fue abusada. Esa voz es una de las muchas que aparece en su libro.

Y esa es una de las victorias de Belén. Nunca más fue mirada como antes. Sí. La mirada la iluminó y su libro se convirtió en una pieza clave en un dominó de valentías contra el terror y de goce como un final sin perdices pero sí con esperanza de que la violación no sea el final de nadie.

La joven tucumana también leyó a Zuleika Esnal, que escribió “Estoy acá. Mujeres sobrevivientes”, de Grupo Editorial Sur y la citó: “A las que denunciaron. A las que no. A las que pudieron salir. A las que no. A las que me escriben pidiendo que escriba. A las que me escriben pidiendo que no, que solo quieren probar qué se siente que alguien más sepa su infierno. A las todavía no. A las ahora sí. A las no puedo. A las sin nombre ni apellido”. Las víctimas de abuso son muchas.

Por suerte los libros también. Por supuesto “Teoría King Kong”“, un clásico y best seller de la francesa Virgine Despentes, de Literatura Random House, en el que habla de la violación como “la herida de una guerra que se libra en el silencio y en la oscuridad”.

En España la joven y talentosa Luna Miguel revisitó el mito de la estudiante disfrazada de sexy cuando se trata de pedofilia con “El funeral de Lolita”, de Editorial Lumen. Ahí le pone una narrativa precisa, atrevida y moderna a las preguntas más difíciles –que no es necesario que las haga la prensa amarilla porque ya nos las hacemos nosotras- y responde a los prejuicios que emulan abuso con halago: “Qué idiota sería dejar de odiar a alguien porque te llame guapa”, precisa.

Y, desde el noreste de la desigualdad, desde la tierra que llaman feudo, donde el poder parece alternar la democracia por la perpetuidad y la inequidad de género se quiere disfrazar con conservadurismo, Anahí Pérez Pavez escribió “Formosa” (Premio Municipal de Literatura de Córdoba, en el 2018) en donde desnuda el racismo, los abusos con ideología de izquierda (en donde se condena el capitalismo y la propiedad privada pero se legitima que las mujeres puedan ser propiedad de los soviets domésticos del machismo íntimo) y la guerra contra las mujeres que se esconde como la miga en el pan de la mesa de todos los días.

“Por qué volvías cada verano” (Madreselva), es el libro que escribió Belén López Peiró y terminó alentado a muchas mujeres a romper el silencio

-Acá hay que hablar, nos prohibieron hablar ¿te das cuenta?”, se escribe en la novela de la rosarina Virginia Ducler “Cuaderno de V”, de Editorial Mansalva, en una frase rescatada en una nota de la periodista Sonia Tessa. Fuera de la ficción ella tuvo que enfrentar una querella por su denuncia. Los bozales no son ilusiones, sino trabas, costos y penas contra las víctimas de abuso sexual.
Por eso, no alcanza con hablar de un libro, sino con la palabra viva, colectiva y multiplicada como fenómeno colectivo.

-Le había dicho que jugara con su soldadito. Que su soldadito tenía un casco, un sombrero. Que ella lo podía saludar y debía agarrarlo, describe “Formosa”. Y las palabras se vuelven un escudo contra esa guerra que recién ahora encuentra un ejército de palabras que presenta batalla en una multiplicidad de frentes.
En la dictadura militar los libros se quemaban bajo la hoguera del miedo. O se escondían en papel marrón que escondían sus textos más provocativos. Las bibliotecas delataban ideas y las ideas eran subversivas. Los libros deletreaban una revolución que se contagiaba a palabras. Y que se combatía con desapariciones, torturas, prohibiciones y exilios. Las bibliotecas eran subversivas. Las palabras hacían política.

Hasta que las palabras –por muchas, por pocas, por cambios, por la cultura digital, por las redes- fue perdiendo mercado y potencia. Hay veces que se pierde todo junto. Y hay veces, como ahora, que aunque la crisis arrase con la industria editorial, el libro está más vivo que nunca. No solo vivo. Vivo y libre.
“Libras y vivas nos queremos”, fue uno de los lemas que surgieron de la convocatoria de Ni Una Menos, el 3 de junio del 2015, que cambiaron, para siempre, la Argentina y, desde la Argentina, América Latina y el mundo. Después vinieron #MeToo, “YoTecreoHermana y ahora –por ejemplo- la coreografía de protesta “Y la culpa no era mía” bailada en Chile, con el pañuelo verde que se convirtió en un símbolo de autonomía sexual y política en toda América Latina.

 

-Somos la espalda de la tracción de toda la vida, tenemos también el derecho a reclamar, escribe Marina Mariasch, en “Sobre la marcha”, un libro que tiene tapas de cartón corrugado y pintado en verde (como si fuera esas carpetas que las madres guardamos de recuerdos de jardín de infantes que jamás volverán a ser sacados o relucidos por los artistas infantes pero que da culpa no almacenar).

Y en “Yo te creo hermana”, de Editorial Aguilar, la pionera en periodismo de género Mariana Carbajal cuenta dieciséis casos de abusos en el capítulo “A la vista de todos, nadie se entera”. En una de las historias una víctima relata que aguantaba el abuso porque pensaba que si (el abusador) la agarraba a ella no le iba a pasar nada a sus hermanitas. Pero no era así. “Resulta que a otra de sus hermanas también la había abusado”, se resalta.

Y ese es el gran impulso para denunciar: el límite de una para las otras, desearle algo mejor a las de al lado y a las que vienen, frenar lo que siempre pasó para que no siga pasando.

Nos creemos. Nos leemos. No escribimos.

Y los libros ya forman una literatura que no solo protege, resguarda, rescata y salva. También una salida que hace letra para que el arte ya no calle, sino que busque su propio caudal de palabras y de deseos./Por Luciana Peker – Infobae

 

La sobrina de Alperovich recibirá apoyo del INAM

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