Sociedad

Murió un noble: Oscar Emilio Juan Sarrulle

Ha muerto un juez, Oscar Emilio Juan Sarrulle. Un hombre que dio prestigio a esa labor que consiste en resolver el conflicto social que genera un comportamiento lesivo a otros en sus derechos individuales o a la comunidad en pleno. Fue funcionario en la Justicia Federal en sus años mozos, luego camarista penal y vocal de Corte en la Provincia, ámbito en el que además integró un Consejo de selección de magistrados. Culminó su carrera judicial en el Tribunal Oral en lo Criminal Federal, en el que integró su composición fundacional el 15 de marzo de 1994, con Carlos Enrique Jiménez Montilla y el autor de esta nota. También fue docente de Derecho Penal en la Unsta, autor de un manual de esa disciplina con Carlos Caramutti, además de una fina obra sobre la culpabilidad, que sumaba a los análisis jurídicos un profundo conocimiento de psicología y psicoanálisis, de alguna manera fruto en ese aspecto de sus propias inquietudes y horas de análisis compartidos con Marta Jerez Ambertín y sus grupos de investigación.

Subrayaba la importancia de la pena no sólo para la paz social, sino también para la rehabilitación del propio condenado.

En aquellos primeros años del Tribunal Oral Federal, en lo dogmático fue un pilar central para su iniciación y consolidación. Minucioso, asceta en el uso del lenguaje, sobrio, su estilo hacía que fuera remiso a los actos públicos no vinculados al estricto servicio de justicia. Ascético hacia los lujos, pero bien dispuesto a compartir una comida sencilla y un buen vino con los amigos.

En su primer libro sobre la teoría general del delito había adscripto a la concepción finalista, cuyo promotor fue Hans Welzel, quien fuera ministro de Justicia de Konrad Adenauer, artífices de la reconstrucción alemana. Esa concepción, que tuvo su principal impulsor en Argentina a Eugenio Raúl Zaffaroni, marcó la superación del causalismo y reivindicó la realidad ontológica en el sentido que la conducta humana responde a un fin que el autor se propone, consecuentemente humanista y con especial énfasis en la culpabilidad como límite al preventivismo.

Recuerdo cuando me regaló un poema de María Magdalena Fragueiro de Oliveira, “Ser Quijote”, que en cierta manera en su descripción del Hidalgo Caballero, recoge algunos aspectos de la forma de ser del “Canario”: “Pasar frente a castillos y mesones/como frente a mesones y castillos/con esa misma cortesía hidalga/de aquel que nunca supo distinguirlos…/Que el clima de Quijote es madrugada,/madrugada manchega: claro y frío”. Y vinculada a esa actitud quijotesca, cuando pienso en el “Canario”, me vienen a la memoria unos versos del cura Leonardo Castellani en su obra “El nuevo gobierno de Sancho”, cuando Sancho pregunta: ¿qué es ser noble? Y como parte de la respuesta: “Son los que repudian la pringue rebañega. Son los que sienten el honor como la vida. Son los que por poseerse pueden darse. Son los que saben a cada instante las cosas por las que se debe morir. Son los capaces de dar cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohibe”.

Y como auténtico humanista y cristiano, condiciones que determinaban una comprometida visión ética, cuando debía dictar sentencia final en el juicio penal, nunca aceptó utilizar la conducta del reo como medio para cualquier fin, mucho menos para la propia publicidad o prestigio personal. Cumplió con creces la recomendación de un magistrado jubilado español, quien cuando su hijo asumió como juez, le dijo que para serlo no debía resultar condenado en el balance del final de su gestión por sus fallos, sino que debía hacerse acreedor a una absolución sin culpa.

Por todo ello titulé esta nota “murió un noble”, un hombre que en su conducta puso estilo. By Gabriel Casas/camarista federal

Fuente: La Gaceta

 

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