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Los dilemas del aburrimiento: ¿es bueno o malo?

Cuando eramos niños, mis hermanos y yo solíamos pasar nuestras vacaciones en Concarán, San Luis, en lo de mi bisabuela Luisa. Vivíamos días de mucha plenitud con nuestros parientes puntanos y bonaerenses, que también acudían a hospedarse en la vieja casa estilo colonial. De día explorábamos de punta a punta el pueblo (en la niñez aprendimos a andar en bici y de adolescentes a conducir el auto de papá) y de noche teníamos festivas guitarreadas con un sinfín de músicos y cantantes en el patio. Recordar esos entrañables tiempos alimenta hoy mi sensación de gratitud a la vida.

Pero había un único momento que padecíamos: el de la siesta. Ocurre que, como niños hiperactivos, no la dormíamos y mis padres sí. Esto no hubiera sido mayor problema si no ocurriera que mi tío Néstor y su familia se iban en ese lapso a la pileta del balneario, el lugar donde se congregaba todo Concarán y epicentro de la máxima algarabía que cualquier niño pudiera imaginar. La dilatada espera hasta que mis padres emergieran de su descanso se nos hacía eterna. Estábamos entre desanimados e inactivos, deambulando de un lado a otro. Si me preguntaran cómo se siente el aburrimiento, diría: así, como en aquel entonces.

Problemas para definirlo

Parece que está de moda decir que el aburrimiento es bueno y necesario. Recientemente me llamaron de una revista para que explicara los beneficios del aburrimiento, pero definirlo es todo un problema para la ciencia y no mucho menos para el común de la gente. Los psicólogos no coinciden en una definición del término y las variaciones son enormes. Los diccionarios lo definen como una “sensación de tedio producida por la falta de estímulos”, pero yo resaltaría que es un tedio suave, casi imperceptible, porque en dosis mayores ya sería un estado de enojo, aversión, y eso ya no es aburrimiento.

Para el Dr. Agustín Ibáñez, director del Instituto de Neurociencia Cognitiva y Traslacional (INCYT, CONICET-INECO- FAVALORO), hay algunos procesos clave que la neurociencia considera en la experiencia del aburrimiento: la atención fluctuante, la presencia de un afecto negativo y la sobreestimación del tiempo. ¡Eso es lo que sentíamos en Concarán! ¡Que el tiempo pasaba con una lentitud exasperante!

Agrega luego que es muy difícil operacionalizarlo (darle forma de conductas observables concretas para tomar algún tipo de medida, cualitativa o cuantitativa), lo que es necesario para otorgarle entidad científica.

Con todo, reconoce que hay dos tipos de aburrimiento.

Aburrimiento bueno y aburrimiento malo

Agustín dice que algunos investigadores resaltan el aspecto útil del aburrimiento ya que, en los tiempos que corren, supone detener la estimulación de nuestro cerebro en su adherencia a la tecnología y el hacer constante y favorece correr la atención hacia procesos internos, por ejemplo de creatividad, tan necesarios en nuestra vida moderna.

En tal caso, se activaría la red de reposo (DMN, default mode network en inglés), que es una red en la que nuestra mente vaga con cierta libertad sin objeto de atención alguno. Los estudios dicen que alrededor del 50% del tiempo estamos en ese estado diariamente. Pero no hay evidencia consistente en que esto (ser creativos) ocurra con regularidad en ese estado. Más bien parece depender mucho de cada uno y de dónde orientemos nuestra volición y motivación.

Por el otro lado, el aburrimiento como estado negativo ha sido reportado en los estudios con más consistencia. A veces llamado “aburrimiento apático”, se trata del preludio de estados anímicos disfóricos, depresivos, ansiosos y adictivos.

James Dancker, estudioso del tema, investigó el efecto negativo del aburrimiento en pacientes con daño cerebral producido por algún accidente (su hermano era uno de ellos, a los 18 había sufrido un choque en su auto), y observó que probablemente la corteza orbitofrontal (justo detrás de los ojos), zona relacionada con la toma de decisiones, parecía estar afectada y dificultaba la autorregulación de sus conductas. Así, considera que se aburren aquellos que tienen más dificultad para reconocer sus motivaciones y orientarse hacia ellas.

Atención Plena y aburrimiento

Desde la práctica del Mindfulness (Atención Plena), el aburrimiento no es algo que buscamos específicamente. Puede aparecer mientras practicamos (de hecho, es bastante habitual) y es una experiencia que reconocemos como una ausencia de estímulos intensos, una disminución de los disparos que produce el cerebro adicto que “no encuentra qué hacer” y nos desorienta. Habituados a conducirnos en este estado de hiperactividad, hipervigilancia y sobreestimulación, el aburrimiento surge como un estado necesario que nos permite bajar un cambio y detenernos. Pero el trabajo nuestro no termina allí.

Lo que nosotros vamos a comenzar a entrenar es la capacidad de estar conectados a los sentidos y a nuestro propio cuerpo sin una tarea específica que ejecutar, lo que llamamos procesamiento abajo-arriba (bottom-up, en inglés) que implica darle fuerza a los sentidos y la intuición en lugar de permanecer en la ideación constante, como lo hace el procesamiento arriba-abajo (top-down en inglés). Es un cambio en la percepción.

En ese estado de conexión profunda con las personas y el contexto en general se experimenta cierta paz, quietud activa (se produce la respuesta de relajación definida como un estado hipometabólico de predominio parasimpático) y también se abren las puertas de la creatividad, al menos del inicio de ella, que es la explosión de una percepción novedosa en forma de un pensamiento o una emoción.

Un estudio neurocientífico exploró que este estado de conexión sensitiva supone al principio de la práctica del mindfulness un esfuerzo atencional y conciente intenso pero que, con la experticia, se produce una disminución de ese esfuerzo (el recurso atencional se reduce) pero permanece la calidad de la conexión. El proceso asume una forma de n (primero sube hasta arriba y luego baja).

Por lo tanto, y desde nuestra perspectiva, aburrirse no es sólo dejar de recibir determinados estímulos sino anhelar otros más agradables, excitantes o al menos activadores de nuestra acción. Y si, en ausencia de esos estímulos, podemos aprender a activar la atención conciente a los sentidos, abriremos la puerta de la intuición y la creatividad sin inducir estados negativos como el aburrimiento. Quizás si en aquellos tiempos en Concarán hubiéramos practicado el mindfulness habríamos experimentado exquisitas siestas de contacto sensorial en la naturaleza, que allí sobraba. Quién sabe.

Fuente Clarín