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River hace historia: hace 78 años que no le iba tan mal

MALA RACHA. El flojo presente de River es histórico.

No levanta cabeza River, se lo nota quebrado, sin respuestas. Desorientado, golpeado anímica y futbolísticamente, atraviesa uno de sus momentos más críticos.

Se ubica en el 20° puesto en la tabla (lo pasarían Gimnasia y Newell’s si el lunes vencen a San Lorenzo y Temperley, respectivamente) con 19 puntos, lejos de los puestos de clasificación a las copas Libertadores y Sudamericana, y a 21 puntos del líder Boca.

Para colmo, ante Vélez sufrió su sexta derrota consecutiva de visitante en el torneo local, algo que no le ocurría desde hace 78 años.

Mala Racha

El último festejo de River fuera de su casa se remonta al 17 de septiembre, cuando por la tercera fecha venció 3-1 a San Martín de San Juan en el Hilario Sánchez.

El colombiano Rafael Santos Borré, Carlos Auzqui y el juvenil debutante Alan Marcel Picazzo anotaron los goles y presentó un equipo alternativo para darles descanso a los titulares que tres días después sellaron el pase a las semifinales de la Copa Libertadores, al remontar la serie adversa ante Jorge Wilstermann con los cinco goles de Nacho Scocco en el inolvidable 8-0.

Desde entonces igualó 1-1 ante Tigre y encadenó esta fatídica serie de seis derrotas al hilo: 4-0 con Talleres de Córdoba, 1-0 ante Independiente, 2-1 con Gimnasia y tres 1-0 consecutivos ante Huracán, Lanús y Vélez. Para colmo, ya acumula 283 minutos sin convertir, desde el tiro libre de Scocco ante el Lobo platense.

Histórico

Para encontrar una racha similar hay que remontarse a 1940. Con la herida aun latente del retiro de Bernabé Ferreyra y haber sido subcampeón dos años consecutivos de Independiente, la dirigencia optó por un fuerte revulsivo al contratar a un entrenador europeo.

Era el húngaro Franz Platko (se llamaba Férenc Plattkó Kopiletz y falleció en 1983), que sumaba experiencia como ex arquero de Vasas de Budapest, Austria Viena, Middlesbrough y ocho temporadas en Barcelona (el poeta gaditano Rafael Alberti le dedicó una oda, extasiado por su actuación en un duelo ante Real Sociedad por la Copa española de 1928) y llegaba con excelentes pergaminos como DT al dirigir a Barcelona (en 1934 y 1935), el seleccionado de Estados Unidos, Arsenal de Inglaterra y ser campeón con Colo Colo en 1939.

Sin embargo, en un comienzo muy irregular, River sucumbió en sus primeros seis partidos de visitante. Entre el 14 de abril y el 30 de junio, perdió 6-3 ante Racing, 2-1 con Estudiantes de La Plata, 5-2 ante Newell’s, nuevamente 5-2 con Vélez, 4-0 ante Huracán y 3-1 frente a Boca.

Una serie que expuso como nunca sus deficiencias defensivas, al recibir 25 goles (culminó el torneo con 54 goles en contra) y ubicarlo en el penúltimo puesto, superando solo a Banfield que había sido castigado con la pérdida de cinco partidos por haber sobornado a dos futbolistas de Barracas Central en el Reducido que le garantizó el ascenso.

Pese a las continuas variantes que implementaba en el equipo para cada partido, los malos resultados y el traspié ante Boca marcaron el fin de ciclo de Platko al cabo de la 13ª fecha. Considerado un maestro de la táctica pero muy extremo en la rigidez defensiva no consiguió adaptarse a la idiosincrasia de sus futbolistas, adecuados al juego vistoso y ofensivo, poco propenso a la marca.

El húngaro dirigiría luego en 1949 a Boca, con una pésima campaña y al que casi condena al descenso (aventajó por solo un punto a Huracán y Lanús, que mantuvo la categoría al ganar en el desempate).

Cabezas que ruedan

No fue el único que pagó los platos rotos. Antonio Rodríguez (luego sería una de las figuras del Racing tricampeón 1957/58/59) había atajado todos esos partidos. Su lugar pasó a ocuparlo Gregorio Blasco, que se había exiliado tras la Guerra Civil española y era uno de los emblemas del Athletic de Bilbao.

El vasco, al que todos conocían como Goyo, se ganó el apodo de El Electricista: hasta entonces todos los arqueros usaban tiras de goma en sus manos para evitar que se les escapara el balón, pero el fue el primero en usar los guantes de cuero similares a los que empleaban quienes manipulaban los artefactos eléctricos.

A Platko lo reemplazó Renato Cesarini, un hombre de la casa. Después de dos victorias de local ante Banfield y Chacarita Juniors, el 28 de julio llegó el quiebre para la racha adversa de visitante, al superar 4-1 a Atlanta.

La mano cambió, el equipo se estabilizó y culminó el torneo en el tercer puesto con un sprint final de cuatro victorias con tres impactantes goleadas sucesivas (7-1 a Lanús, 7-0 a Chacarita y 7-1 a Atlanta) además de ser el que más goles convirtió (92).

En el año de la inauguración de la Bombonera, Boca fue el campeón y se coronó a tres fechas de final al vencer 5-2 a su escolta Independiente, que en la primera rueda lo superó 7-1, la que sigue siendo su peor derrota histórica en la era profesional. Los dos clubes que descendieron fueron Chacarita y Vélez.

Inspiración

“Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, había dicho el primer ministro británico Sir Winston Churchill en su histórico discurso ante la Cámara en aquel 1940.

Una inspiración para ese grupo de futbolistas, liderados por Renato Cesarini, que al año siguiente logró los cuatro títulos (el campeonato, la copa Adrián Escobar, la copa Carlos Ibarguen y la copa Aldao Río de la Plata) y fue el germen de la fabulosa Máquina, integrada entre otros por Carlos Peucelle, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Angel Labruna, Félix Loustau, Juan Carlos Muñoz y Aristóbulo Deambrossi.

¿Podrá este River del Muñeco Gallardo enderezar también el rumbo y cortar la racha negativa de visitante? En el horizonte asoma un viaje hasta Paraná, donde en el estadio Presbítero Grella lo esperará Patronato, uno de los equipos que apuesta sus fichas a pelear la permanencia.

La cita será el sábado 10 de marzo, cuatro días antes de su máximo desafío en este primer tramo del año, el esperado clásico ante Boca en Córdoba por la final de la Supercopa Argentina.

FUENTE: Clarín