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La increíble historia de solidaridad que salvó a un kiosquero porteño

Fabián dice que vive en un barrio tranquilo. Incluso que “en este momento, sobre Balbín, no te miento, se ven dos personas caminando y a nadie más”.

“Por eso no abro los sábados ni domingos. Mi negocio funciona (en gran parte) gracias a los colegios de la zona” asegura.

Su kiosco, en Avenida Congreso y Roque Pérez (en el barrio porteño de Coghlan), hoy sí tiene las rejas subidas por un motivo: Fabián quiere agradecerles a todos los que le hicieron volver a creer.

Robo

El martes a la madrugada le rompieron las rejas y la puerta de vidrio por la cual se ingresa a su negocio.

No había dinero en la caja, pero le vaciaron la cigarrera que había llenado el día anterior y se llevaron algunas golosinas al azar. Lo destrozaron.

“Me llamó un vecino para decirme que estaba la reja caída y el vidrio roto. Cuando entré me quería morir, con lo que cuesta laburar en Argentina hoy, que me roben así. Me sentí vacío, indefenso, angustiado. Pensé en cerrar el kiosco, lo digo en serio”, cuenta el hombre, de 53 años.

Se acomodó y siguió. “¿Qué se le va a hacer?”, pregunta Fabián, quien sufrió el segundo robo desde que tiene el kiosco.

Antecedentes

“El primero fue hace dos años, pero ahí me robaron a mí. Me amordazaron, me ataron los pies y las manos. Me sacaron toda la plata y algunas boludeces del kiosco, pero yo prefiero eso. Cuando vi los fierros sabía que estaba robado. Me tranquilicé y agradecí que no me hicieran nada, pero esto es peor. No me dieron la chance de perder”, sostiene.

Padre de una hija de 17 años y de un varón de 12, recibió la noticia menos esperada el viernes por la mañana.

“Acá está el Instituto Moruli, a una cuadra. Yo atiendo desde hace diez años a chicos y chicas que los conocí en jardín y ahora están en séptimo grado. Vivo de ellos, porque la verdad es que acá no pasa nada. Y entonces el viernes estaba en el kiosco y me dijeron: ‘Fabián, salí a la vereda que te queremos dar algo’. Y recibí un sobre con mi nombre y toda la plata que me habían robado”.

Emoción

“Me emocionó tanto que mirá… Quiero llorar”. Fabián detiene su relato por pocos segundos. “¿Qué hacés, negrito?”, se le oye decir, tal vez ante algún vecino al pasar. Junta aire y vuelve. 

“Yo no hago nada, ¿entendés? Les vendo cosas, ni siquiera es que les regalo golosinas. Y se encargaron de juntarme la plata para poder pagar la deuda. Y entonces no caigo, porque repito: no hago nada extraordinario. Soy un laburante más. Pero no sé, ojalá tenga mucha vida para poder agradecerles todo lo que hicieron. No sabés la fuerza que me dieron”.

El robo de los cigarrillos supone mucho más que un faltante de mercadería. Fabián explica que “los cigarrillos son los que menos margen de ganancia te dejan. La Ciudad le agregó un impuesto y eso hace que ganemos menos aún. Por ejemplo, si un paquete de cigarrillos vale $80, yo solo me quedo con $4. El resto tengo que pagarlo. Imaginate, me llegó un pedido grande el viernes y otro el lunes. Tenía la cigarrera llena. Me habían robado más de $30 mil, sumados a otros productos. Calculé en total $35 mil”.

Preocupado

Fabián se preocupó por la proximidad del fin de semana largo. “Muchos amigos me ofrecieron plata. También algunos papás de los amigos de mis nenes. Pero igual, yo no quería que hicieran esto. ¿Pero sabés cómo me salvó? Estaba angustiado porque el lunes no abría y era un día menos para empezar a recuperar lo perdido. Yo alquilo el local y esto me alivió por completo”.

Se define como “un kiosquero más”. También recuerda que hace diez años, cuando trabajaba en una fotocopiadora de un profesorado de educación inicial, decidió romper la sociedad que mantenía con el padrino de su hija para abrir el kiosco.

“Hay una viejita divina que vive acá enfrente y viene todos los martes a tomar mates conmigo. El hijo le lleva facturas los domingos y guarda algunas para comerlas conmigo. Yo intento ayudarla comprándole lo que necesite, porque está sola. Siempre que la veo me hace pensar en que cuando sea mayor también quisiera que me trataran así”.

Fanático del fútbol y de Vélez, su historia comenzó a viralizarse en Twitter. A partir de ellos solicita un último pedido: “Poné que me llamo Fabián Juárez, que voy a estar agradecido toda la vida con todos los que me ayudaron y que volví a creer en la gente. A veces pienso que como sociedad estamos perdidos, pero mirá esto… Hay una marca de chupetines que sortea un viaje de egresados. Lo voy a conseguir. Lo voy a ganar y se lo voy a dar a los chicos. Yo no merezco nada de esto, pero bueno…. Che, te dejo que voy a llevar a mi hijo a jugar al fútbol”.

FUENTE: Infobae

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