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Lo asaltaron y la Policía lo llevó a una villa en patrullero para recuperar lo robado

“Si empiezan los tiros, vos escondete atrás de la puerta que es blindada”, le advirtieron los agentes antes de entrar a la villa Zavaleta.

“Si empiezan los tiros, vos escondete atrás de la puerta que es blindada”, le advirtieron a Sebastián, que no alcanzó a entender lo que estaba pasando. El viernes salió de su casa listo para la rutina, pero terminó rodeado de policías, en un patrullero y rastreando a dos ladrones, arrastrado a una escena de película.

Sebastián Bof tiene 34 años y cuenta su odisea con indignación. El viernes último, a las 11.30, lo asaltaron en Manuel García y Uspallata, en el distrito tecnológico de Parque Patricios.

“Estaba buscando las llaves del auto y siento que frena un auto atrás. Bajaron dos tipos de entre 22 y 27 años, uno me apuntó en la cabeza y el otro en el pecho. Sentí resignación y la necesidad de quedarme quieto para no provocar una reacción innecesaria. Se los notaba drogados. Hasta cerré los ojos para que no creyeran que los estaba mirando”, le cuenta Bof a Clarín.

Pero ese “mal momento” era solo el principio de la odisea. Después del asalto, Sebastián trató de mirar la patente pero no logró ver el número y los dos ladrones escaparon.

“Volví a la oficina, llamamos al 911 y vino el patrullero. Describí el auto todo lo que pude porque tenía que estar por la zona”, recuerda. Le habían robado el celular laboral y un iPhone personal. También, la mochila, con dos computadoras que usaba para trabajar y estudiar.

Un poco por las ganas de recuperar sus pertenencias y otro poco por la necesidad de “justicia”, logró conectar con su teléfono por una aplicación de rastreo. Y lo encontró: estaba en villa Zavaleta, a sólo diez cuadras del Distrito Tecnológico.

“Volví a llamar a la Policía, vino el mismo patrullero y me llevaron a la comisaría para tomarme declaración. Ahí me dijeron que llamaron al fiscal y que los autorizó a ir. Me subieron al patrullero y fuimos siguiendo el mapa”, relató Sebastián sobre su periplo.

“Estaba tranquilo. Pensaba que por lo menos iba a recuperar mis cosas. Veía a los policías cargando las armas, poniéndose el chaleco antibalas y dije ‘bueno, el sistema funciona’, no sé. Al menos alguien hacía algo”, analizó a unos días del robo.

Lo que siguió fue una experiencia que la víctima calificó como “tragicómica”. Ese viernes la sensación térmica trepó a los 34 grados y el ejecutivo, “de pantalón pinzado, camisa y zapatos”, terminó en el asiento trasero de un patrullero, escoltado por dos motos de la Policía porteña, camino a Zavaleta, con la esperanza de recuperar su mochila.

“Cuando llegamos me dijeron que si empezaban a los tiros me escondiera detrás de la puerta que estaba blindada. La gente me miraba como diciendo: ‘Pibe, vos no tenés que estar acá’. Me sentía en una película. No paraba de mirar las ventanas, las casas y los pasillos. Estaba esperando que alguien se asome o me señale. Estaba demasiado expuesto”, intentó describir Sebastián, que estudió Administración de Empresas.

El GPS marcaba un auto. Un VW Gol negro, con el espejo roto y dos choques. Las mismas características que describió Sebastián sobre el coche de los asaltantes.

Estaba ahí, cerca. Era el auto. La aplicación titilaba y Sebastián lo veía a metros, escondido detrás de la puerta blindada, esperando que no hiciera falta resguardarse.

Su mochila. Los documentos, la computadora, el teléfono, la justicia, todo en 10 metros a la redonda. Pero no.

“Me dijeron que llamaron al fiscal para que pidiera la orden de secuestrar el auto. Pero a los policías les dieron la orden de retirarse del lugar. Así que nos fuimos”, detalló Sebastián, entre la impotencia y la indignación.

Cuando estaba a punto de dar todo por perdido la aplicación mejoró la ubicación y de vuelta al patrullero: “Ahí ya tenían autorización no sé de quién. Se pusieron los chalecos, prendieron las sirenas y fuimos ‘con todo’. Yo no lo podía creer, pero siempre tuve esperanza de recuperar las cosas. Además, quería verle la cara al que me robó, esposado, para tener la tranquilidad de decir ‘el sistema funciona’. Todo el show, el despliegue de fuerzas valió la pena. Pero no, tampoco”, se resignó.

Con la ubicación más precisa, el teléfono tenía que estar dentro del auto pero no alcanzaba. No dieron la orden de secuestrar el vehículo, de revisarlo ni de buscar al sospechoso. Sebastián terminó su travesía a las 17, sin sus cosas y desilusionado.

Fuentes de la fiscalía N° 58, que estaba de turno el viernes a la tarde, reconocieron que los agentes “hicieron la consulta” para el procedimiento. Pero que “como se perdió la señal e indicaba distintos puntos” se les ordenó retirarse del lugar.

Además, confirmaron que “la investigación está en trámite” y que citarán a Sebastián para ratificar su denuncia en la fiscalía.

 

Fuente: Clarín