Policiales

Robos y asesinatos dejaron de ser noticia para los vecinos de Villa Amalia

La Gaceta / Fotos de Analía Jaramillo.

Sobre las polvorientas calles de Villa Amalia, el barrio del sur de la capital donde ayer murieron en un tiroteo el comerciante Alejandro Martín Musse y uno de los tres sujetos que intentaron asaltarlo, el aire tiene el olor del miedo.

Los vehículos que trajinan el enripiado, mayoritariamente, son bicicletas y motos. Y los escapes de estas últimas, que antes aturdían, ahora solamente alarman.

Sobre cuatro ruedas reinan los colectivos de la línea 1, que por la casi vacía parada de la esquina de Inca Garcilaso y Congreso pasan con una exasperante frecuencia de 30 minutos.

Los pocos que se animan a esperar el ómnibus miran nerviosamente a una y otra calle, aunque el ómnibus sólo puede aparecer desde el oeste.

Nervios

Carnicerías, verdulerías y almacenes están salpicados en todas las cuadras con una característica común: aunque están abiertos al público, permanecen cerrados con rejas. Sólo pasa la gente conocida.

Las propias paredes muestran el nerviosismo de la zona contra la inseguridad. Las tapias de las casas están coronadas por alambres de púas enrollados o por pedazos de vidrio puntiagudos incrustados en la mampostería.

Si todo el vecindario está preparado para conjurar el ingreso de extraños a las propiedades, el clima que viven sus habitantes es evidente.

“Todos los días te enterás que a un comerciante o a un vecino de la zona le pasó algo”, contó Ricardo Vieira, encargado de “Carnes Felipe”, detrás de las rejas que separan el local de la vereda.

“Es una costumbre oír que roban o matan a alguien. Lo tomás como normal y la vida sigue”, reniega uno de los pocos vecinos que se anima a dar su nombre.

Catarsis

Sobre el vallado policial en la puerta de la casa de Congreso 1.916, de donde Musse salió hacia el Mercofrut para nunca llegar más allá de la vereda, los curiosos van rotando incesantemente.

La mayoría de los vecinos se rehúsa a dar sus nombres cuando se los entrevista. Temen -según afirman- que los delincuentes sean “gente del barrio”. Pero todos quieren hablar. Y contar cómo sufren la inseguridad.

Uno de ellos, por ejemplo, describe que en Villa Amalia los motoarrebatadores ya no son siempre dos varones, porque los transeúntes están más precavidos. “Por aquí, una gorda viene con un flaco. Ella maneja y él asalta”, describe.

“Hoy los asaltos son moneda corriente. Esperás el colectivo, escuchás los gritos y ya le robaron a alguien”, relata Adrián Galván.

Héctor Alberto Gasser, directamente, sale a la calle cargando un machete. “Me asaltaron porque fui a defender a una señora a la que le estaban pegando. Me robaron la plata. Desde ahí salgo armado”, explicó.

“Estos criminales no tienen alma. No había visto una situación así ni en las películas”, aseveró.

Más policías

El reclamo común consiste en que haya más uniformados en las calles. “No hay presencia policial”, se queja una vecina, que relata su amarga experiencia con hechos delictivos en la zona.

“Ya van 10 veces que quieren entrar a mi casa. La última vez fue hace una semana”, afirma. “Adelante puse un enrejado, pero no hay manera. No podemos vivir así”, cuestiona.

“Es verdad que hacen falta muchos policías. Pero uno también entiende que son personas con familias y que no saben si vuelven”, admite Galván.


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