Estados fantasma: países a medio hacer que no aparecen en los mapas

Reconocidos por algunos, ignorados por la mayoría, se dividen en grandes potencias económicas y proyectos fallidos de los que sólo quedan viejas crónicas.
domingo 26 de noviembre de 2023
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El 18 de mayo allá por 1991 los festejos fueron interminables al norte del denominado “Cuerno de África”: ese día alumbraba el nacimiento de Somalilandia, la “tierra de los somalíes”, un reducto semidesértico del tamaño de Uruguay que, a desde ese instante, quedó independizado oficialmente de Somalia.

Somalilandia, cuya capital es la ciudad de Hargeisa, cumple todos los requisitos de un Estado moderno: tiene una organización política y una Constitución, también sus propias moneda y fuerzas armadas.

Es definido como un verdadero paraíso democrático al lado de la contigua Somalia, una suerte de “Estado fallido” cuyo gobierno apenas controla la capital, Mogadiscio, mientras el resto del país, carente de servicios mínimos y de seguridad, es territorio de constantes disputas entre clanes, grupos armados y bandas de piratas que operan en la costa del mar Rojo.

El problema de Somalilandia es que no cuenta con reconocimiento internacional: está ausente en la mayoría de los mapas. La Unión Africana, organización que agrupa a 55 estados del continente africano, se opone a su separación para no incentivar otros intentos secesionistas que se mantienen en suspenso.

La ONU ni la totalidad de sus países miembros tampoco aceptan a Somalilandia como Estado. Sin embargo, países como el Reino Unido o Etiopía admiten su pasaporte, mientras Estados Unidos, Turquía y Kenia mantienen relaciones consulares con el ignoto país, para fastidio de las vecinas autoridades somalíes.

Decenas de países que existen, pero no

El de Somalilandia es uno más de los cerca de 80 estados que están suspendidos en la nebulosa, porque su existencia no tiene reconocimiento internacional o solo un reconocimiento parcial; ya sea porque carecen de un territorio definido o, pese a tenerlo, son naciones que nunca conformaron una entidad estatal.

A modo de ejemplo, en esa heterogénea galaxia deambulan casos como Baluchistán, Ogaden, Udmurtia, Batwa, el Principado de Pontinha, Bodoland, la Orden de Malta, Hawai Libre y la República Moldava Pridnestroviana, pero también otros más conocidos como Palestina, por su evidente capacidad para estar en el foco de la atención internacional.

La sempiterna y sangrienta enemistad entre israelíes y palestinos y los alarmantes conflictos en el este de Europa, que recurrentemente decantan en tiros y bombazos, demuestran que lael problema “existencial” de naturaleza geopolítica suele ser el fermento de enormes tragedias.

BALUCHISTAN. Nómades en territorio iraní.

Los mapas que suelen exponerse en las aulas y en internet, dicho sea de paso, revelan en todos los continentes numerosas ausencias que no son producto de descuidos en las configuraciones cartográficas.

La larga lista de pueblos o de naciones que constituyen estados a medio hacer, definidos por expertos en relaciones internacionales como “estados fantasma”, impone detenerse en algunos casos. Los palestinos, los kurdos, varios pueblos eslavos que orbitan Rusia, los chipriotas del norte y Taiwán permiten comprender la profundidad del dilema de ser pero no ser.

Palestina, un país segmentado

Palestina es un caso de Estado en formación cuyo territorio está separado en dos partes: la pequeña y empobrecida Franja de Gaza sobre la costa del mar Mediterráneo y, corredor de territorio israelí de por medio, la más próspera Cisjordania emplazada al este. Si los habitantes de ambos fragmentos de la nación palestina necesitan pasar de un lado a otro, deben recorrer 45 kilómetros de territorio “enemigo”.

La particularidad de este "casi estado" es que una de sus partes, Gaza (hoy bajo fuego), sustenta el poder territorial de la organización terrorista Hamas, mientras que Cisjordania está dividida en tres áreas: área A, bajo dominio total de la Autoridad Nacional Palestina (ANP); área B, con control de los asuntos de gobierno y civiles por parte de la ANP y control militar compartido con Israel; y área C, la más grande (el 60 por ciento del territorio), que rodea y fragmenta a las otras dos y está controlada por completo por israelíes.

La milenaria ciudad de Jerusalén, lugar emblemático para cristianos, judíos y musulmanes, es objeto central de la discordia. Israel, que hoy la mantiene completamente en su poder, la considera su capital “eterna e indivisible”, pero a la vez Palestina reclama establecer su capital en el este de esa urbe cargada de religiosidad.

Por el momento, los palestinos deben conformarse con tener su capital de facto en la ciudad de Ramallah.

La Autoridad Nacional Palestina (ANP) quedó impuesta en 1994 como una entidad administrativa transitoria de Cisjordania y Gaza, a partir de los acuerdos de Oslo celebrados entre la Organización para la Liberación Palestina (OLP) y el gobierno de Israel.

Como queda claro, en los hechos la ANP está completamente limitada en ambos territorios, con el agravante de que Israel hasta recauda impuestos en su nombre, un raro estatus que sin embargo no impidió su reconocimiento en 2012 como “Estado observador no miembro” por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas, mientras a estas alturas casi 150 países reconocen a esa entidad palestina su condición de “Estado soberano”.

El sueño kurdo

Considerados como el cuarto grupo étnico más grande de Medio Oriente, los kurdos residen en una amplia región montañosa que se exrtiende por el sudeste turco, nordeste sirio, sudoeste armenio, norte iraquí y noroeste iraní. En ese extenso territorio están diseminadas alrededor de 35 millones de almas que tienen raza, cultura e idioma en común, pero jamás pudieron unirse bajo un mismo Estado.

Esta particular situación conduce a los kurdos a ser una minoría incómoda en cada uno de los lugares donde se encuentran afincados: hoy son entre un 10 y un 20 por ciento de la población de Turquía, Siria, Irak e Irán, países controlados invariablemente por regímenes de tipo autocrático o teocrático que los persiguen, discriminan o marginan desde hace décadas. Los caprichos de la geopolítica quisieron que ese fuera su destino, hasta hoy aparentemente irreversible.

A comienzos del siglo 20, los kurdos comenzaron a soñar con la creación de su propia patria, Kurdistán, un anhelo que por poco se hace realidad al colapsar el Imperio otomano cuando los cañones de la Primera Guerra Mundial comenzaban a silenciarse.

En el Tratado de Sévres (Francia) de 1920, en el que parte de los aliados occidentales triunfantes y el Imperio otomano acordaron la paz, quedó determinada la creación de un Estado kurdo, pero algo sucedió: el Movimiento Nacional Turco, nacido tras la derrota otomana, rechazó la cristalización de ese acuerdo que derivaba en la partición del antiguo imperio.

Así fue como se celebró tres años después el Tratado de Lausana (Suiza), que firmaron Grecia, Turquía y las naciones aliadas de la Gran Guerra y que, esta vez, de manera inexorable, impuso el trazado de nuevos límites sobre los territorios del extinguido imperio gobernado por la dinastía osmanlí durante poco más de seis siglos.

La idea de crear un Estado kurdo no fue puesta sobre la mesa esa oportunidad y la suerte de ese grupo étnico quedó sellada: los kurdos hasta hoy permanecen encerrados con estatus de minoría dentro de estados que no están dispuestos a resignar parte de sus tierras para que ellos tengan un país propio, situación que no está libre de conflictos sucedaneos, en los que no faltan la violencia y la muerte.

Medio millón de personas que aspiran a ser un país

República Moldava Pridnestroviana, así se llama una pequeña franja de territorio ubicado entre Moldavia y Ucrania, otra de las regiones más inestables del planeta. En ese estrecho espacio viven alrededor de 500 mil personas mayoritariamente rusoparlantes que, tras el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), de repente un día en 1990 pasaron a integrar un nuevo Estado con capital en la ciudad de Chisinau.

A esa escisión de la empobrecida Moldavia también se la conoce como Transnistria o Transdniéster, nombre con similitures fonéticas con la Federación Unida de Planetas de Viaje a las estrellas, la clásica serie de la TV y el cine de ciencia ficción.

Ese apelativo que en idioma castellano suena a fantasía cósmica tiene un fundamento: a aquel traumático cisma escenificado en el este europeo, que incluyó un choque armado entre 1990 y 1992, le pone una cota geográfica el largo río Dniéster, que nace en Ucrania para desaguar en el mar Negro1.352 kilómetros hacia el sur, no sin antes trazar el límite entre los transnistrios del resto del país convertido en enemigo desde hace tres décadas.

De todas formas, la condición de Transnistria aún es incierta: las Naciones Unidas y cada uno de sus miembros en forma individual hasta ahora consideran su territorio como parte de Moldavia. Aunque está gobernada por los grupos prorrusos, tampoco Moscú reconoce oficialmente su independencia de facto, aunque le brinda un fuerte apoyo militar y económico.

La invasión de las tropas de Putin en el vecino territorio ucraniano fue visto por la comunidad prorrusa de la República Moldava Pridnestroviana como una chance para que, por fin, todos los territorios nacionales que pretenden quedar bajo la influencia política rusa tengan una continuidad geográfica.

Vale la pena recordar que las aspiraciones separatistas de las provincias ubicadas en la cuenca del Dombás, con mayoría rusoparlante, desencadenaron una guerra en gran escala que está en pleno desarrollo en estos momentos en Ucrania.

Los efímeros países fantasmas del Cáucaso

El caso de Transnistria y de las provincias del este ucraniano son émulos de lo que sucede en la región montañosa del Cáucaso con Abjasia y Osetia del Sur, territorios emancipados de Georgia a sangre y fuego a comienzos de la década de 1990 y que también cuentan con el apoyo de Rusia, pero no se muestran como estados reconocidos en los radares de la ONU y de la mayoría de sus países miembros porque son considerados oficialmente como parte del estado georgiano.

A esos casos se suma, claro, el dramático conflicto de Nagorno-Karabaj o Alto Karabaj, también en la conflctiva región del Cáucaso: todo inició con una comunidad étnica armenia de religión cristiana ortodoxa que en 1923 quedó encerrada dentro de la mayoritariamente musulmana República de Azerbaiyán por designios “estratégicos” del régimen soviético.

Como Transnistria, Osetia del Sur y Abjasia, la región de Nagorno Karabaj, que tomó el nombre de República de Artsaj, también se declaró independiente cuando se desarmó la URSS, si bien en enero de 2024 dejará de existir para fundirse con Azerbaiyán sin haber logradi dejar nunca su estatus de Estado fantasma.

Taiwán, el pequeño gigante económico del eterno conflicto

En 1949, el nacionalista Chiang Kai Shek se guarneció en la isla de Taiwán (también llamada Formosa) después de ser vencido por las fuerzas comunistas de Mao Zedong. Desde ese diminuto territorio insular bañado por las aguas del océano Pacífico, proclamó la República de China con capital en Taipei.

Hasta 1971, Taiwán ocupó un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU y obtuvo el reconocimiento como representante de toda China por parte de muchos países. Pero ese año se produjo un punto de ruptura: la ONU le traspasó el reconocimiento diplomático al gobierno de China continental, y Taiwán terminó expulsada del organismo.

Desde ese momento, el Estado insular cuenta con el reconocimiento solo de un pequeño grupo de países, aunque el hecho de ser ignorado políticamente no frenó la consolidación de su imponente poderío económico basado en la industria tecnológica, reconocida en todo el mundo.

Los taiwaneses tienen gobierno elegido democráticamente, su propia Constitución y fuerzas armadas compuestas por 300 mil efectivos. Pero la confusión sobre su verdadero estatus es célebre: China continental considera a la isla una provincia separatista y apuesta a su reunificación; y si fuera necesario, están dispuestos a forzarla por la vía militar.

Ante esta situación, cabe aclarar que Taiwán nunca declaró su independencia en forma oficial. Y si lo hiciera, no tendría ni siquiera el reconocimiento de Estados Unidos, aunque por esas cosas de la geopolítica mezclada con los intereses económicos, la Casa Blanca la defendería en caso de un ataque de la China comunista.

El panorama se complica más todavía cuando se señala que el flujo comercial entre los taiwaneses y los chinos asciende a varios millones de dólares, en tanto que grandes oleadas de empresarios de la isla llegan todo el tiempo al territorio continental vecino para dirigir sus propios proyectos fabriles.

Cada vez que los aviones militares chinos se mueven cerca de Taiwán, porque el gobierno de Beijing considera que tiene soberanía sobre la isla, no pocos analistas recuerdan que los voluminosos negocios entre ambas partes alejan la posibilidad de resolver por la fuerza la consigna “un país, dos sistemas”.

Dos estados en la misma isla que comparten capital

Pero mientras Taiwán suele disfrutar el privilegio de aparecer en algunos mapas, no pasa lo mismo con la República Turca del Norte de Chipre, país ubicado en la región noreste de la isla mediterránea que es ignorado al unísono. Solo Turquía admite su condición de Estado soberano desde que autoproclamó su independencia en 1983.

Desde entonces, la isla quedó irremediablemente dividida: el norte está ocupado por la minoría turcochipriota, mientras que en la recocida internacionalmente República de Chipre, ubicada al sur, residen los grecochipriotas.

Esa división incluye a la propia capital, Nicosia, la única ciudad en el mundo que en la actualidad hospeda a dos gobiernos de diferentes países.

En 2004, la República de Chipre sepasó a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea. Este hecho dericva en una situación complicada: aunque la integración sobrevino como una isla dividida de facto, todo su territorio es considerado parte de esa comunidad política de naciones.

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